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16.12.2017 Nº 362
Altas temperaturas y déficit hídrico en maíz: respuestas fisiológicas y estrategias de manejo del cultivo
GUSTAVO ÁNGEL MADDONNI y ROBINSON ANDREY NAVARRETE SÁNCHEZ
Cátedra de Cerealicultura (FA-UBA) e IFEVA (CONICET)

Fuente | Aapresid, Congreso Resiliar
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1. Introducción

El área mundial de siembra del cultivo de maíz, abarca un amplio rango de latitudes, desde los 58° N en Canadá hasta los 40° S en Argentina y Chile (Fischer et al., 2014). Las principales regiones donde se produce este cultivo presentan temperaturas promedio para la estación de crecimiento que varían entre 13 °C y 32 °C mientras que el rango de precipitaciones promedio anual es de 500 mm a 2000 mm (Bunting et al., 1982). Dentro de esta variabilidad climática, el maíz es cultivado desde ambientes tropicales con pocas variaciones en la duración del día (i.e. fotoperíodo) durante su ciclo, hasta zonas templadas o templado frías con fotoperíodos largos y variables (i.e. más allá de los 34° S y N) (Paliwal, et al., 2001). Consecuentemente, existen mecanismos adaptativos en esta especie que le permite crecer, desarrollarse y alcanzar rendimientos económicamente rentables en un amplio rango de condiciones foto-termales.

La mayor proporción de la producción mundial de maíz (ca. 74%) se realiza en secano (Biradar et al., 2009). Por tanto, en estos sistemas la productividad anual es función de la oferta de agua. Sin embargo, otros factores ambientales también pueden incidir sobre la productividad del cultivo. Un análisis retrospectivo de los rendimientos de maíz alcanzados en regiones agrícolas de África (Lobell et al., 2011) y Estados Unidos (Lobell et al., 2013) permitió identificar los efectos negativos de los incrementos de la temperatura media durante la estación de crecimiento sobre el rendimiento del maíz, especialmente en los maíces de secano. Estos escenarios combinados de incrementos de temperatura y restricciones hídricas probablemente se vean agravados en los próximos años por efectos del cambio climático global (IPCC, 2014). En áreas de Latinoamérica en particular, se espera la ocurrencia de episodios de estrés térmico y eventos hídricos extremos como sequías intensas, que afectarían negativamente los rendimientos de los cultivos estivales (Lobell et al., 2008).
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La producción de maíz en Argentina, tradicionalmente se realizaba en la Pampa Ondulada (32° a 35.8° S y 58°62°O) (Hall et al., 1992). Esta zona presenta el menor número de limitaciones climáticas para la agricultura extensiva (temperatura media anual de 16 °C, período libre de heladas de 240 días y 950 mm de precipitaciones anuales). Sin embargo, debido a la adopción masiva del cultivo de soja, parte de la producción de maíz se ha desplazado hacia áreas de tradición ganadera, por ejemplo, al oeste y al sur-oeste de la Pampa Ondulada, es decir la Pampa Interior (Soriano, 1991). Del mismo modo, la frontera agrícola se ha desplazado hacia el norte de la Pampa Ondulada a partir de la deforestación de los bosques nativos (Dirección de Bosques, 2007). Por lo tanto, la producción del cultivo del maíz se ha expandido por fuera de la zona templado-húmeda, permitiendo el mantenimiento de la superficie nacional ocupada anualmente con este cultivo ante su desplazamiento por el cultivo de soja, pero exponiéndolo a ambientes semiáridos (˂ 700 mm anuales) con mayor frecuencia de eventos de altas temperaturas y restricciones hídricas (Maddonni, 2012). Cambios en la fecha de siembra han permitido mitigar los efectos negativos del estrés hídrico estival sobre el rendimiento del maíz, ya sea adelantando (i.e. fechas de siembra tempranas) o atrasando (i.e. fechas de siembra tardías) el período crítico de mayor susceptibilidad a la sequía (i.e. estrategia de escape), y ubicando las etapa post-floración (fecha temprana) o prefloración (fecha tardía) en la época del año de mayores registros térmicos (Maddonni, 2012). Así, en estos diversos escenarios productivos del país, la incidencia de elevados regímenes térmicos puede generar estrés por alta temperatura en diversas etapas del cultivo, y dependiendo de la zona y fecha de siembra puede también resultar en la ocurrencia simultánea de déficit hídrico. Por lo tanto, no sólo resulta de interés global sino también nacional poder interpretar el impacto del estrés térmico en combinación con el estrés hídrico en el cultivo de maíz, y nuestro grupo de trabajo es pionero en estos estudios, ya que ambos estreses siempre se han abordado en forma aislada (BoM, 2006).
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2. Efectos individuales del estrés térmico en maíz

En condiciones de campo, el maíz se adapta a las variaciones diarias de la temperatura, en un rango térmico que le permite su desarrollo y crecimiento (Bunting et al., 1982). Sin embargo, también puede estar sometido a temperaturas extremadamente elevadas que exceden las temperaturas óptimas y que pueden resultar estresantes. Los niveles de daño ocasionados van a depender, al igual que para otros estreses, de la intensidad, la duración y del momento de ocurrencia del estrés. Se consideran temperaturas estresantes aquellos valores de temperaturas diurnas que superan el valor de óptimo de desarrollo (Warrington y Kanemasu, 1983; Ellis et al., 1992), resultando estas temperaturas diferentes según el ambiente de selección (templados o tropicales) de los genotipos (Fischer et al., 2014). Para genotipos de origen tropical, las temperaturas óptimas son mayores que para los templados, e intermedios para las cruzas, variando el rango de temperatura óptima entre 30 y 34 °C (Gilmore y Rogers, 1958; Blacklow, 1972). Por encima de estos rangos y según el momento de ocurrencia, los efectos de altas temperaturas pueden afectar el desarrollo fenológico, el crecimiento, la generación del rendimiento, el peso de los granos, la composición química de los granos y la calidad industrial (Cicchino et al. 2010a, b; Rattalino et al., 2011, 2012; 2014; Mayer, 2015; Mayer et al., 2014; 2016; Wilhem et al 1999).

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