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30.09.2017 Nº 351
La siembra de alfalfa en primavera
Ing. Agr. DANIEL H. BASIGALUP
EEA INTA Manfredi
Foto Class - Forratec S.A.
La siembra de primavera es una consecuencia directa de los excesos de humedad que se registraron durante el otoño pasado y que impidieron la implantación o la renovación de alfalfares. En este contexto, es importante recordar que las siembras primaverales son —en general— más riesgosas que las otoñales, por lo que a continuación se brindan una serie de sugerencias que el productor podría tener en cuenta a fin de disminuir el margen de riesgo en una inversión importante desde lo financiero y lo productivo.

La época adecuada de siembra para cualquier especie vegetal está definida por la temperatura, la humedad y la heliofanía (horas de sol). En el caso particular de alfalfa, la germinación se da en un rango de 5º a 35º C, con un óptimo entre 19º y 25º C (Romero y col., 1995). A partir de la emergencia, el desarrollo de las plántulas es óptimo a 20º-25º C y mínimo entre 5º y 10º C. En consecuencia, las siembras de principios-mediados de otoño son las más adecuadas para que la planta cumpla con las etapas que van de germinación a primera hoja trifoliada sin mayores problemas.

El período entre cotiledón y hoja unifoliada es el de mayor sensibilidad a las heladas y la tolerancia al frío se incrementa con el contenido de hidratos de carbono (“azúcares”) en las raíces. Por eso, las siembras tempranas de otoño posibilitan a la planta llegar a las primeras heladas con suficiente cantidad de reservas; en contraposición, las siembras tardías son más riesgosas, dado que la emergencia y el posterior desarrollo de la plántula se harán con temperaturas cercanas al mínimo, pudiendo llegar al período de heladas con un estado de desarrollo insuficiente.

Las siembras de marzo-abril permiten a la planta un desarrollo armónico entre las partes aérea (follaje) y subterránea (raíces y parte de la corona), ya que el calor acumulado durante el verano permite al suelo tener temperaturas lo suficientemente altas como para favorecer la germinación y el desarrollo de sistema radical antes de las heladas; complementariamente, la temperatura del aire y el largo de los días otoñales hacen que también la parte aérea se desarrolle adecuadamente y en consonancia con el crecimiento subterráneo.

En el caso de las siembras primaverales, todo lo anteriormente descripto sufre modificaciones importantes. En primer lugar, la siembra se lleva a cabo en un suelo más frío que el del otoño, ya que se viene de las bajas temperaturas invernales. Además bajo condiciones normales, el invierno es la estación de menos precipitaciones, lo que haría que también el suelo esté seco. La combinación de bajas temperaturas del suelo y escasa humedad en años normales, retrasan las etapas de germinación y emergencia.

Por otro lado, una vez emergidas las plántulas, las condiciones primaverales de más alta temperatura del aire y mayor longitud del día, favorecen más el crecimiento del follaje que el de las raíces, lo que desbalancea el desarrollo armónico de la planta.
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Obviamente, las condiciones de suelos secos no se dan en este año en particular, en el que más bien hay excesos de humedad en muchas situaciones. Pero esto plantea otro factor de riesgo: la combinación de bajas temperaturas de suelo con un alto contenido de humedad favorecen la proliferación de enfermedades, en especial la conocida como “podredumbre de plántulas” o damping-off (como se la conoce en inglés), causada por hongos del género Pythium.

En ataques tempranos, las semillas se pueden transformar en una masa gelatinosa de color marrón o los cotiledones y la radícula pueden presentar un aspecto blando, húmedo y amarronado. En ataques más tardíos, las lesiones se concentran en las raíces y/o el hipocótilo (región ubicada debajo de los cotiledones, entre el nudo cotiledonar y el cuello), que se tornan fláccidos y acuosos, toman una tonalidad oscura, se estrangulan y finalmente colapsan. Las plántulas caen sobre el suelo (vuelcan) o presentan muy escaso desarrollo, con cotiledones de color verde oscuro; en ambos casos, las plántulas mueren a los pocos días (Grau, 1990).

Bajo condiciones muy propicias, esta enfermedad puede ocasionar una gran mortandad de plantas y hacer fracasar la implantación de un alfalfar. Otro patógeno, Phytophthora megasperma f. sp. medicaginis, agente causal de la “podredumbre húmeda de la raíz” o “fitóftora”, también pueden ocasionar damping-off. El uso de fungicidas sistémicos en la semilla, como el metalaxyl o similares, contribuyen a controlar la enfermedad.

Otro factor que complica las siembras primaverales es la mayor presión de malezas respecto de las siembras otoñales. Obviamente, el abanico de especies de ciclo primavero-estival es distinto al observado en las siembras de marzo-abril. En este sentido, el productor debe estar atento a la aparición de malezas en el lote y proceder —cuando fuera necesario— a las aplicaciones tempranas de herbicidas apropiados y dentro de lo que se denomina “período crítico de competencia” o PCC (Rodríguez y col., 2007).
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Entre otras malezas problemáticas, el control de cebollín (Cyperus rotundus), sorgo de Alepo (Sorghum halepense) y gramón (Cynodon dactylon) es especialmente crítico.

Otra maleza que puede causar problemas es el yuyo colorado (Amaranthus hybridus), dado que en la región central de Córdoba han aparecido recientemente casos de resistencia a algunos herbicidas —como Pivot y en menor medida Preside— que pueden complicar su control, particularmente cuando la alfalfa está en etapas tempranas de su desarrollo.

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