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16.09.2017 Nº 349
Manejo de efluentes en instalaciones tamberas
KARINA GARCÍA
Foto Class - Forratec S.A.
La producción de leche en Argentina comenzó en la década de los '90 un importante proceso de intensificación y concentración de los rodeos lecheros, donde, los grandes establecimientos fueron absorbiendo a los más pequeños. La disminución del número de tambos ha sido acompañada por un marcado crecimiento del tamaño de los rodeos, aumentando la carga animal por unidad de superficie, entre otros aspectos (Cuadro 1). Esta transformación del sistema productivo ocasiona, además de un aumento en los valores de producción individual de leche, un fuerte incremento de las cantidades de efluentes y residuos generados, donde en general, no existe en las instalaciones de ordeño, una adecuación de la infraestructura ni una planificación sobre su destino final que pueda hacer frente a este proceso de una forma sustentable y eficiente. Ante esta situación, es de suma importancia el manejo y el tratamiento que se hace de estos residuos, un tema que aún hoy en Argentina se encuentra escasamente desarrollado.

En nuestro país, existen actualmente, alrededor de 11500 tambos y 1,8 millones de vacas en ordeño (MAGyP, 2013). Estudios realizados en diferentes cuencas lecheras (Taverna y Charlon, 1999; Nosetti y col., 2002; Herrero y col., 2009) demuestran que, si se considera un tambo de 100 vacas, este requeriría diariamente para el lavado de la instalación de ordeño y de los equipos, entre 3000 a 10000 litros de agua y podría generar entre 36 y 100 kg de materia seca provenientes principalmente del estiércol y de los restos de alimentos. Si bien existe una fuerte variabilidad entre los volúmenes de agua requeridos y de efluentes generados en cada caso, se puede decir que de acuerdo a numerosos ensayos y relevamientos realizados durante los últimos años, se estima que en promedio un tambo genera aproximadamente 50 litros de efluentes por vaca y por día, valor que explica la magnitud y relevancia del tema.

El efluente líquido proveniente del lavado de las instalaciones de ordeño posee una gran cantidad de sólidos (en suspensión y disueltos), materia orgánica, microorganismos, así como cantidades significativas de N y P, entre otros constituyentes. Estos componentes pueden contaminar cursos de agua superficial y subterráneos, por lo que es necesario un tratamiento adecuado antes de su disposición final de acuerdo a las leyes pertinentes. Sin embargo, si se maneja adecuadamente, una fracción de ese efluente generado puede ser aprovechado como fertilizante para la mejora de la productividad del suelo o se puede recircular (una vez tratado) para el lavado de las instalaciones, lo cual también disminuye el volumen final de volcado.
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Estrategias de manejo y tratamiento

Internacionalmente existe una heterogeneidad de estrategias, que responden a los grados de contaminación ya generados (UE, EEUU) y a la concientización de la sociedad a través de una legislación crecientemente imperativa en el control de la contaminación.
Schmidt, D. y Wrigley, R. (2001) coinciden con que las estrategias de control de los efluentes son variadas y que deben ser adaptadas a las condiciones particulares de cada país y predio en particular. En 1965 Loehr observó que el tratamiento anaerobio con lagunas ofrecía una posibilidad para tratar grandes cantidades de efluentes que se originaban en las concentraciones del ganado; y en 1974 informó que cuando la concentración de la Demanda Química de Oxígeno (DQO) excede los 4000 mg/l, los métodos anaerobios resultaban más baratos que los aerobios. Kiely (1999) reafirma lo planteado por Loehr (1965) y Lusk (2002), quienes establecen que para el tratamiento de residuos ganaderos los sistemas anaerobios son los procesos unitarios que más contribuyen a la reducción de la contaminación. En Estados Unidos, las lagunas anaeróbicas y las fosas de almacenamiento son los tipos más comunes de estructuras de almacenamiento usadas para estos residuos. En Nueva Zelanda el tratamiento es principalmente mediante la aplicación como riego, o a través de dos lagunas de estabilización, siendo la primera anaeróbica y la segunda facultativa. En Australia, el sistema más utilizado son dos lagunas en serie, diseñadas en base a los sólidos volátiles totales, la carga orgánica (DBO5), el flujo volumétrico y el tiempo de retención (Wrigley, 1994). En Uruguay, a partir de resultados internacionales y 5 de experiencias propias, se infiere que el sistema de tratamiento que mejor se adapta a la dinámica de los tambos es el de lagunas de estabilización.

En nuestro país, gran parte de los antecedentes en el tema se corresponden a los obtenidos en la Estación Experimental Agropecuaria (EEA) Rafaela del INTA en donde desde hace aproximadamente 15 años se divulgan resultados y experiencias prácticas, recogidas a través de la ejecución de proyectos de investigación, con el objetivo de brindar pautas técnicas conducentes a un manejo racional y sustentable de los efluentes de tambos. Una de ellas es la propuesta denominada "Manejo de efluentes de tambos INTA Rafaela", el cual responde a muchas de las necesidades y requerimientos de nuestro país. Aún así, se continúan realizando mejoras e incorporaciones tanto al sistema como fuera de él, de manera que la propuesta se adecue a las variaciones del sector lechero del país.
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Independientemente del manejo y tratamiento por el que se opte, es importante conocer qué y cuánto es lo que se está generando en cada instalación, ya que, como se mencionó anteriormente, la variabilidad que existe es muy amplia, debido a que depende directamente de la rutina y el manejo que se haga en cada tambo, entre otros factores. Es importante también, tener en cuenta que los efluentes líquidos y los residuos sólidos generados en el tambo, constituyen una fuente de nutrientes, que, utilizados de manera correcta pueden reemplazar parte del uso de los fertilizantes comerciales. Para esto, es necesario e importante, conocer las cantidades de nutrientes que son aportados a los diferentes cultivos, de manera de ajustar las dosis de los fertilizantes comerciales, a los requerimientos según el cultivo y el suelo en cuestión, por un lado, y de evitar o minimizar la contaminación de agua superficial y subterránea por percolación y escorrentía.

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